¡Ay…, niebla grisácea!
Y otra vez los días se
hacen grises,
sin piedad nubes negras
cubren
mi ilusión de ver el
sol sonreír
en este nuevo y bello
amanecer.
De por sí
las fuerzas me
abandonan,
de repente
es oscuridad total.
La aurora se asusta,
al mirarme a los ojos
se apena,
¿Acaso en ellos observa
algo inusual?
Abrazarme intenta, pero
una niebla se interpone.
Mi mirada ya no es la
misma,
desde hace días se
ensimisma
por mis fuerzas
extraviadas
quién sabe, ¿dónde fue
a parar?
Sostenerme en pie intento,
pero mi apoyo
imprescindible no encuentro;
¿dónde mi báculo se
esconde?
Su repentino accionar no comprendo.
Mis latidos son a mil,
mis ojos se esfuerzan
por ver la luz,
aquella la emanada por
el Astro Real,
con la esperanza de
alcanzar mejor atardecer.
Mañana será otro día,
la aurora volverá a
sonreír para mí;
entonces la esperanza
renacerá
para mantener la
sonrisa en calma.
Con la fuerza que el
Maestro me ofrece
el Nazareno desde su
magnificencia
me abraza, con un:
"no estás solo,
voy contigo de la mano,
hoy, mañana y
siempre".
Efmail

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